El Barco: una historia de 47 años que lo convirtió en el café de los barilochenses

Andrés Santa María llegó desde Paraguay y montó este comercio. Casi tres décadas después, Ignacio y Alicia tomaron el timón y transformaron ese rinconcito en el café de los barilochenses, con la variedad más amplia de granos de la región.

¿Qué barilochense no se tomó un café en El Barco? ¿Quién no disfrutó de un rato en este rinconcito que sentimos tan nuestro, tan local? ¿Cuántas veces pensamos, sentados en una de sus mesas, cómo habrá empezado todo?

Este año, El Barco cumplió 47 años y, si bien hace 20 que la nueva “gestión” de Ignacio Díaz y Alicia Meyer está a cargo, la historia es familiar. Casi medio siglo desde que Andrés Santa María llegó a Bariloche con un deseo casi desdoblado: por un lado, pasar desapercibido en este rincón de la Patagonia que en ese momento nada era comparado con hoy. Por otro, seguir el vínculo con el café que tenía en su Paraguay natal. 

A lo largo de esta historia compartida con una ciudad, El Barco fue testigo de los cambios de Bariloche. Los vaivenes, el crecimiento, el cambio de pueblo a ciudad, la llegada de muchas nuevas personas, la permanencia de tantos otros que le dieron identidad. 

Pensando en todo esto, desde Económicas Bariloche quisimos saber qué más había detrás de ese mostrador en el que se esconde la variedad más grande de granos de café de la ciudad, y seguramente de la región. 

Ignacio y Alicia charlan en una mesita pegada a la puerta. Entran y salen clientes y ellos no dejan de saludarlos. Casi como una muestra de esa familiaridad que se construyó con el paso del tiempo entre ellos, los trabajadores y los clientes, muchos habituales, cada tanto uno nuevo y también, de un tiempo a esta parte, turistas que llegan buscando eso que caracteriza a El Barco: calidad y calidez. 

En la década del ‘60, Andrés Santa María se dedicaba ya al rubro cafetero, pero desde otro lado: exportaba granos crudos desde Paraguay a distintos países como Alemania, Uruguay y Argentina. La vida lo llevó a enamorarse y ese amor lo llevó a tener que exiliarse de su país. 

Así llegó a este pueblo patagónico, que ya tenía un nombre en el turismo, pero todavía guardaba la identidad de pueblo. Aquí, a fines de los ‘70, compró una propiedad en una zona alejada de donde comenzaba a tomar forma el centro comercial y comenzó a tostar café. 

Fiel a su estilo único e innovador, colocó una estructura de un barco en el interior del comercio y desde allí atendía a los clientes que llegaban. -¿Por qué un barco? - pregunto - y es Ignacio el que cuenta que Andrés había realizado el servicio militar en la Marina y fue de los pocos que se salvó en un impresionante accidente que sufrió una embarcación en la que se encontraba junto a otras personas. 

El vínculo familiar y una luna de miel que fue el inicio del cambio

En 2005, Ignacio y Alicia estaban recién casados. Ella era sobrina de Andrés y usualmente viajaba a la Patagonia. Decidieron entonces que su luna de miel sea en la ciudad de los lagos. En una visita al comercio del tío, notaron que necesitaba ayuda con una tostadora. 

Ignacio le dio una mano y ese, quizás, fue el inicio de un camino que continúan transitando hoy. 

Hubo un primer ofrecimiento por parte de Andrés para que se quedaran a trabajar en el comercio, pero desistieron. Ignacio todavía recuerda que el hombre le dijo: “Vos hacé lo que quieras, total vas a volver”. 

El matrimonio volvió a Asunción, pero la vida ajetreada de ciudad ya no les gustaba. “Llamamos al tío y le preguntamos si seguía en pie la oferta y así decidimos venir”, recordaron. 

El inicio no fue fácil. La clientela de Andrés era acotada y costaba pensar en números que permitieran subsistir y saldar deudas con él, mientras seguía siendo el dueño. Pero en 2006, el matrimonio decidió tomar el timón del barco.

Comenzaron a pensar qué novedades implementar que facilitaran la venta de café y, en eso, surgió la posibilidad de tener máquinas cafeteras para ofrecer la opción a los clientes. 

“En esa época los que venían a tomar un café acá eran cuatro o cinco”, recordaron con una risa.

Ignacio se capacitó para aprender a arreglar máquinas usadas que se pudieran adquirir a un menor costo y, con el tiempo, comenzaron a tener un stock que dio inicio al crecimiento del negocio. “Buscábamos el ABC en esa época y la primera máquina la fuimos a buscar por el centro y nos vinimos caminando porque no teníamos margen para gastar ni en un taxi”, recuerdan ahora con una risa. 

El crecimiento los llevó a tomar una decisión que tuvo impacto en la comunidad: en 2012 decidieron quitar la estructura en forma de barco que todavía tenían en el comercio. “Yo tomé dimensión de lo que era el barco cuando lo saqué”, recuerda Ignacio. Los reclamos de los clientes frecuentes acostumbrados al diseño original no se hicieron esperar. “Cuando lo sacamos, pasó una persona y nos preguntó si lo podía llevar para revestir su casa. Cuando contamos eso, la gente se quedó tranquila, como que al tener un buen destino, ya no les molestó que no estuviera”, añadió Ignacio divertido. 

En el camino, Ignacio y Alicia fueron padres. Sus hijos hoy tienen 14 y 11 años y son 100% barilochenses, dicen con orgullo. Esto también hizo que el proceso de El Barco fuera “pausado”, como menciona el matrimonio, para no descuidar a la familia. 

Pero si algo intentaron, y lograron, construir en el camino de estos 20 años como referentes del café en la ciudad, es confianza y vínculos. Así lo ven también con quienes son parte del grupo de trabajadores. Muchos de ellos llevan años en el lugar y tanto Ignacio como Alicia señalaron que apuestan por la confianza y el buen ambiente laboral, para que eso se refleje en el servicio y producto que brindan. 

El Barco - Tostadores de café

Bariloche tiene pocas cafeterías pensadas para la gente residente. Si bien con el tiempo la fama de El Barco llegó a turistas que, guiados por recomendaciones de los propios barilochenses o del tan usado Google ahora, llegan a probar la calidad del café y y la calidez de la atención, pesa más el público local. 

Y esto, no es poca cosa para un comercio que tiene tantos años, porque pasó crisis, subidas y bajadas económicas, momentos más o menos difíciles, pero hay una especie de fidelidad con sus clientes que genera ese apego. 

Cualquiera que haya ido al Barco más de una vez sabe perfectamente que el aroma a café se percibe desde afuera, a varios metros del lugar. Una vez adentro, ese aroma envuelve y tienta a cualquiera. 

Cada día, en una sala perfectamente inmaculada en cuanto a limpieza y orden, tuestan diferentes granos de café. Cada uno con un proceso determinado que garantiza poder aprovechar al máximo su sabor, que luego se siente en la taza que los clientes disfrutan. 

El Barco no solo es una cafetería donde comprar café en grano o molido, sino que también proveen de café a una gran cantidad de comercios de la región y envían incluso a otros destinos del país. 

Ese vínculo, incluso, es palpable. Al mostrador llegan personas que son habituales consumidoras del café de El Barco, a comprar café en grano para enviárselo a sus hijos que estudian en otros puntos del país. “Siendo que en todas partes hay café, que elijan el nuestro aun no estando aquí, significa un montón para nosotros”, remarcaron. 

“Nuestro objetivo cuando empezamos, y continúa siéndolo, es que todos puedan tomar un buen café”, remarcó Ignacio y agregó que “somos dos agradecidos de la vida. Hace 20 años no nos imaginábamos esto y hoy estamos acá, siempre pensando en cómo mejorar”. (Económicas Bariloche)

El Barco: una historia de 47 años que lo convirtió en el café de los barilochenses
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