2026-05-08

Se toma menos vino, pero mejor: la revolución silenciosa en la copa de los argentinos

El consumo interno cayó un 28% en la última década. Sin embargo, la industria no se achica: se transforma. Y la Patagonia, contra todo pronóstico, lidera ese cambio.

Hace diez años un argentino tomaba, en promedio, casi 25 litros de vino por año. Hoy esa cifra ronda los 16. Leído así, parece una mala noticia para la industria. Pero si se mira de cerca, la historia es otra: lo que cayó fue el volumen de vino genérico, el tinto de todos los días servido en jarra. Lo que creció —y sigue creciendo— es el interés por saber qué hay adentro de la botella. Se llama premiumización y es, probablemente, lo mejor que le pasó al vino argentino en décadas.

Los datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura son elocuentes: en 2025 el mercado interno despachó poco más de 750 millones de litros, frente a los casi 950 millones de 2019. Pero la caída se concentra en los segmentos más económicos. Los vinos varietales de gama media y alta sostienen sus ventas e incluso mejoran su participación. Dicho de otro modo: los argentinos no dejaron de tomar vino. Dejaron de tomar vino sin preguntar cuál era.

«El consumidor ya no llega a la góndola y agarra la botella más barata. Llega y pregunta: ¿de dónde viene esta uva? ¿Tiene madera? ¿Con qué lo puedo combinar?»

Ese cambio de actitud reconfigura toda la cadena. Las bodegas apuestan a producciones más chicas, partidas limitadas, varietales menos obvios. Y las vinotecas —las buenas— dejaron de ser depósitos de botellas para convertirse en espacios de curaduría, donde alguien que sabe selecciona, recomienda y arma la experiencia.

La Patagonia: menos volumen, el doble de precio

Si hay una región que encarna esta lógica es la Patagonia. Neuquén y Río Negro juntas representan apenas el 0,7% del volumen total exportado por Argentina. Pero el precio implícito de sus vinos varietales alcanza los 3,8 dólares por litro, contra un promedio nacional de 3,5. En cepas como Pinot Noir o Cabernet Franc, el valor trepa a 6,5 y 7,2 dólares por litro respectivamente. El dato más revelador: la Patagonia exporta cero litros de vino a granel. Todo es fraccionado, todo es varietal, todo es identidad.

Los vinos patagónicos tienen algo que el mercado internacional reconoce cada vez más: climas fríos, ciclos de maduración largos, acidez natural y una amplitud térmica que regala aromas imposibles de conseguir más al norte. Las bodegas de San Patricio del Chañar, del Alto Valle del Río Negro y de la costa atlántica —como Wapisa, la bodega más austral de la Argentina continental— están poniendo a la región en un lugar que hace veinte años nadie imaginaba.

Un mapa que se amplía en la copa

Pero la premiumización no es solo patagónica. Bodegas como Bressia en Mendoza siguen empujando los límites del Malbec de altura. Atamisque, en el Valle de Uco, combina capitales franceses con terroir mendocino para lograr vinos que compiten con los mejores del hemisferio sur. Viña Las Perdices trabaja varietales que van mucho más allá del Malbec —su Bonarda y su Tannat sorprenden incluso a los entendidos—. Tapiz apuesta a la diversidad de estilos. Y Mil Suelos, con su filosofía de expresar cada parcela, se convirtió en uno de los proyectos más interesantes de la nueva vitivinicultura argentina.

Lo notable es que toda esta diversidad, que hace cinco años había que ir a buscar a una feria o a la bodega misma, hoy está disponible en Bariloche si sabés dónde mirar. Y la gente, cada vez más, quiere hacer algo más que mirar: quiere entender.

La mesa donde se aprende: el boom de las degustaciones

Hay un dato que no aparece en los informes del INV pero que cualquier sommelier de la Patagonia confirma: la demanda por participar en catas y degustaciones creció notablemente en los últimos dos años. La gente ya no quiere solo tomar un buen vino; quiere saber de dónde viene la uva, cómo se hizo, quién está detrás del proyecto. Un extranjero que apostó por un terruño improbable. Una familia que lleva tres generaciones haciendo vino. Un enólogo joven con una idea rara. Un grupo inversor con ambición. El vino, cada vez más, necesita una historia que contar —o al menos, una que el que lo toma pueda imaginarse mientras lo prueba.

Nicolás Noceti, sommelier del restaurante de vinos TRE en Bariloche, y Cristian Tamborini, sommelier de Almacén de Vinos, coinciden en un mismo diagnóstico: las degustaciones semanales que organizan en sus respectivos espacios se llenan con una facilidad que no existía hace tres o cuatro años. Y no son siempre los mismos. Llegan turistas que quieren llevarse algo más que una botella de recuerdo, vecinos que descubrieron que un Cabernet Franc patagónico no se parece en nada al mendocino, y parejas que cambiaron la salida al cine por una mesa con cinco copas y una historia detrás de cada una.

«El vino necesita una historia que contar. Y el que lo toma necesita que alguien se la cuente, o al menos poder imaginársela mientras lo prueba.»

Las cepas que vienen

Si el Malbec fue la revolución de los 2000, los próximos años tienen otros protagonistas. El Cabernet Franc —más floral, más elegante, menos pesado que el Cabernet Sauvignon— creció fuerte en las exportaciones y ya representa un segmento de 20 a 40 dólares en góndolas de Estados Unidos y Canadá. El Torrontés, la gran uva blanca argentina, recupera terreno en mercados europeos. Y la Criolla Chica, una cepa que llegó con los jesuitas y fue menospreciada durante décadas, hoy se reivindica como patrimonio vivo: vinos livianos, frescos, con historia adentro.

Otra tendencia que ya dejó de ser anécdota: los vinos low alcohol y sin alcohol. Bodega Zolo, desde Mendoza, es un buen ejemplo: su línea Zolo Zero ofrece vino sin alcohol, el Zolo Low apuesta por la baja graduación, y su Espumante Zero completa una propuesta que hace unos años habría sido impensable en una bodega argentina seria. No es abstinencia: es lo que los analistas llaman «zebra striping», la costumbre de alternar una copa con alcohol y una sin, cada vez más común entre las generaciones jóvenes.

El mejor momento para preguntar qué hay en la copa

Argentina produce hoy los mejores vinos de su historia. Eso no es opinión: es consenso de críticos, sommeliers y jurados internacionales. La paradoja es que el consumo interno baja. Pero la lectura optimista —y realista— es que lo que baja es la inercia, y lo que sube es la curiosidad. El argentino que hoy destapa una botella quiere saber qué está tomando. Y cuando lo sabe, repite.

Quizás por eso, en Bariloche, las mesas de degustación de TRE y de Almacén de Vinos se siguen llenando cada semana. Se toma menos. Pero se toma mejor, y se toma queriendo saber. Y eso, al final, es lo que sostiene una industria.

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