Organización política

Reelecciones indefinidas: los príncipes modernos y la tentación de no irse

El politólogo y consultor rionegrino Lasse Paniceres presenta en esta columna un análisis de la vocación reeleccionista indefinida de algunos líderes, la discusión en municipios rionegrinos, y los intentos por limitar repeticiones. Modelos mundiales.
lunes 05 de enero de 2026

Por Lasse Paniceres (*)

En las últimas semanas, en Bariloche y en el debate político provincial, distintos dirigentes han planteado la necesidad de revisar el régimen de reelecciones, proponiendo acortar los mandatos a un solo período y, en algunos casos, establecer la imposibilidad de reelección.

Este planteo adquiere relevancia en la provincia de Río Negro si se considera que algunos intendentes acumulan más de 24 años continuos en el cargo y que otros, a través de mecanismos institucionales como enmiendas y reformas de cartas orgánicas, transitan su tercer mandato con la posibilidad de acceder a un cuarto período consecutivo, lo que implica hasta 16 años de ejercicio ininterrumpido del poder ejecutivo local.

Esta situación reactualiza un debate clásico de la teoría política contemporánea: el vínculo entre reelección, calidad democrática y concentración del poder.

Reelecciones: a favor y en contra

En este artículo se propone abordar el problema desde una doble perspectiva, analizando tanto los argumentos a favor como en contra de la reelección.

Desde una mirada afirmativa, puede sostenerse que la reelección indefinida no vulnera en sí misma el principio democrático. Lejos de contradecirlo, puede entenderse como una extensión del principio de soberanía popular, en tanto habilita a la ciudadanía a elegir libremente a sus representantes, incluso cuando estos ya se encuentran en el ejercicio del cargo. Desde esta perspectiva, la legitimidad de la reelección se funda en la voluntad del elector, que decide ratificar un liderazgo político en función de su desempeño, su proyecto o su capacidad de representación.

Desde el punto de vista de la teoría de los regímenes políticos, el sistema argentino —tanto a nivel nacional como subnacional y municipal— se inscribe claramente dentro del presidencialismo.

Aun cuando existan variaciones institucionales entre provincias y municipios, a partir de la reforma constitucional de 1994, las 23 formas de organización del régimen municipal argentino comparten una lógica común: la centralidad del Poder Ejecutivo, la elección directa del gobernante y la concentración de funciones políticas, administrativas y simbólicas en una sola figura.

América y Europa

Este diseño institucional es característico de América, con la excepción del Canadá. En contraste, la mayoría de las democracias europeas funcionan bajo sistemas parlamentarios o semipresidencialistas, donde el poder ejecutivo emana del parlamento y depende de mayorías legislativas dinámicas.

En los sistemas parlamentarios, la reelección indefinida no solo es posible, sino que constituye una regla implícita del funcionamiento institucional. La permanencia en el poder está condicionada no por límites temporales estrictos, sino por la capacidad del liderazgo para sostener coaliciones parlamentarias mayoritarias.

La experiencia histórica muestra que gobiernos prolongados en este tipo de sistemas no necesariamente derivan en una degradación democrática, sino que, en muchos casos, han convivido con altos niveles de pluralismo, institucionalización partidaria y estabilidad política. Esto pone en cuestión la idea de que la alternancia temporal, por sí sola, sea un indicador suficiente de calidad democrática.

Reelecciones y presidencialismo

El problema adquiere otra dimensión cuando se analizan los sistemas presidencialistas. En estos regímenes, la reelección indefinida tiende a generar tensiones más profundas debido a la concentración de poder que caracteriza al Ejecutivo.

El caso de los Estados Unidos resulta ilustrativo: la experiencia de Franklin D. Roosevelt, electo en cuatro oportunidades consecutivas, derivó posteriormente en una reforma constitucional que limitó la reelección presidencial a un sólo mandato.

Esta decisión no respondió únicamente a una cuestión coyuntural, sino a una reflexión institucional sobre los riesgos de personalización del poder y sobre la necesidad de preservar equilibrios entre los poderes del Estado. Desde entonces, incluso líderes altamente populares quedan excluidos de la posibilidad de retornar al cargo, lo que refuerza la lógica institucional por sobre la lógica personalista.

Provincias y municipios

Ahora bien, más allá de los argumentos normativos, es necesario observar los efectos empíricos de la reelección prolongada en los sistemas presidencialistas subnacionales, particularmente en el nivel municipal. En este punto aparecen con fuerza los argumentos críticos a la reelección.

Diversos estudios comparados muestran que los segundos y terceros mandatos tienden a presentar menores niveles de innovación política, mayor opacidad en la gestión y una reducción en la capacidad transformadora del gobierno. Esto se explica, en parte, porque el primer mandato suele estar atravesado por una fuerte especulación electoral orientada a garantizar la reelección, lo que genera una tensión permanente entre gestión pública y cálculo político-electoral.

En este contexto, la reelección funciona como un incentivo que distorsiona los tiempos de la gestión. Las decisiones estratégicas se subordinan a la lógica de la competencia electoral, y el horizonte de gobierno se acorta. Una vez obtenida la reelección, el segundo mandato suele estar marcado por el desgaste político, la fatiga institucional y la anticipación del escenario de salida.

En regímenes de fuerte concentración ejecutiva —lo que podría definirse como hiperpresidencialismo o, en el plano local, hiperintendencialismo— el costo personal y político del ejercicio del poder es elevado. La disponibilidad permanente, la exposición pública constante y la centralidad absoluta del intendente o gobernador generan un desgaste físico y mental que impacta directamente en la calidad de la gestión.

La experiencia en otros países

Desde una perspectiva institucional, la limitación a un solo mandato introduce incentivos distintos. Obliga al gobernante a concentrar su agenda de reformas dentro de un período acotado, reduciendo la especulación electoral y reforzando la lógica de responsabilidad política.

Modelos como el mexicano, donde el presidente ejerce durante seis años sin posibilidad de reelección, muestran cómo la ausencia de reelección puede fortalecer la capacidad decisional del Ejecutivo, especialmente cuando cuenta con mayorías legislativas. El gobernante actúa sabiendo que su horizonte político está cerrado, lo que reduce los costos de tomar decisiones impopulares pero necesarias.

Sistemas con prohibición de reelección inmediata, como los vigentes en países como Chile o Uruguay, o en provincias argentinas como Santa Fe (Hasta la reforma en curso) y Mendoza, producen dinámicas similares. Aunque exista la posibilidad de regresar al poder tras un intervalo, el gobernante se ve forzado a gestionar sin la presión constante de la competencia electoral inmediata. Esto introduce una lógica distinta en la relación entre política y gestión, y redistribuye el poder dentro del sistema político.

Desde esta perspectiva, la limitación de las reelecciones puede ser interpretada como un mecanismo que fortalece la competencia política, incentiva la renovación de liderazgos y dinamiza la vida interna de los partidos.

Al restringir la posibilidad de permanencia indefinida en el poder, se debilita la capacidad del gobernante —que suele ser también el principal líder partidario— de imponer sucesores y controlar verticalmente la estructura política. Esto abre espacios de disputa interna, fortalece la deliberación partidaria y obliga tanto al oficialismo como a la oposición a construir alternativas reales de poder, enriqueciendo así el sistema democrático en su conjunto.

(*) Lasse Paniceres es Politólogo. Consultor en comunicación política.

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