Argentina entre los países con menor consumo de pescado del mundo

Los datos fueron difundidos por el sitio de informes Argendata. Con 7 kg per cápita al año, Argentina está entre los países con menor consumo a nivel mundial, muy por debajo del promedio global y de la mayoría de sus vecinos.
miércoles 15 de octubre de 2025

Argentina tiene una costa marítima de más de 4700 kilómetros, una de las plataformas continentales más extensas del mundo y una industria pesquera consolidada que exporta a decenas de países. Sin embargo, los argentinos consumen muy poco pescado. Con 7 kg per cápita al año, Argentina está entre los países con menor consumo de pescado del mundo, muy por debajo del promedio global y de la mayoría de sus vecinos.

¡Por qué? ¿Cómo evolucionó el consumo en las últimas décadas? ¿Qué pasa con todo el pescado que se produce en el país? Son algunas de las preguntas que se realizó Argendata para elaborar este informe. Un sitio de referencia con datos sobre el país que suma conocimiento basado en la evidencia al debate público. Un proyecto de Fundar, una organización dedicada al estudio, la investigación y el diseño de políticas públicas con foco en el desarrollo de una Argentina sustentable e inclusiva.

En 2022, Argentina consumió 7,1 kg de pescado y mariscos por habitante al año. Esta cifra ubica al país en el puesto 129 entre 170 países con datos disponibles. Para poner este número en perspectiva, el promedio mundial es de 18,7 kg per cápita, más del doble que en Argentina.

También está detrás de sus vecinos. Chile, con una fuerte tradición pesquera y costera, consume 14,4 kg por habitante, el doble que Argentina. Uruguay, con características geográficas y culturales similares a las argentinas, alcanza los 11,8 kg per cápita. Y también en Brasil el consumo es mayor al argentino (8 kg per cápita).

El contraste con los países de alto consumo de pescado, como varios de Europa y Asia, es aún más marcado. En España, la ingesta anual de pescado es de 40 kg per cápita, casi seis veces la de Argentina; en Japón, con una gran tradición culinaria basada en productos del mar, llega a los 46 kg, y en Portugal a 54 kg. El récord mundial lo tiene Islandia, con 87 kg, cifra 12 veces mayor a la argentina.
 
¿Qué explica este bajo consumo? 

Podríamos decir que existe una combinación de factores culturales, geográficos, económicos y logísticos que se retroalimentan entre sí.

En primer lugar, pesan las raíces culturales. La dieta argentina se construyó históricamente en torno a la carne vacuna, un símbolo de identidad nacional. Durante los últimos dos siglos, el país ha sido uno de los mayores consumidores de carne vacuna del mundo, lo que dejó poco espacio para otras proteínas animales.

A ello se suma un factor de familiaridad y conocimiento. Buena parte de la población desconoce cómo preparar el pescado o qué beneficios nutricionales tiene. En muchos hogares, el pescado no forma parte del menú habitual y en muchas ciudades la oferta es limitada, lo que refuerza esa falta de hábito.

También intervienen factores económicos y logísticos. El pescado suele ser más caro que otras carnes, como el pollo o el cerdo, y su distribución es más compleja debido a las distancias y a la necesidad de mantener la cadena de frío. Esto genera un círculo vicioso: el bajo consumo reduce el tamaño del mercado interno, lo que encarece los precios y desincentiva mejoras en la logística, perpetuando así el consumo reducido.

El pescado es más habitual en la dieta de los sectores de mayores ingresos que en la de los más pobres

En Argentina, el pescado no es una proteína accesible para todos. Los datos de la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares muestran una clara correlación entre ingreso e importancia del consumo de pescado en la dieta.

En los sectores con menos recursos, el gasto en pescado apenas ronda el 1% del total destinado a alimentos. En cambio, en el decil 10 (10% de mayores ingresos), el consumo de pescados y mariscos alcanza el 2,5% del gasto en alimentos.

Estas diferencias se explican, sobre todo, por el consumo de mariscos (como calamar y langostinos), y pescados importados relevantes en la dieta argentina, como el salmón y el atún en conserva. En contraste, la merluza y los pescados de río son más transversales a los distintos estratos sociales.

Este patrón contrasta con lo que ocurre en otros países, donde el pescado es una fuente de proteína accesible para toda la población. En varios países asiáticos o europeos, el pescado suele ser más barato que la carne vacuna o el pollo, lo que facilita su consumo masivo. En Argentina, la ecuación es la inversa: el pescado es casi un bien de lujo.

La paradoja es que Argentina produce tres veces más pescado del que consume. 
La producción pesquera argentina creció de manera significativa en las últimas seis décadas. En 1961, se producían 4,9 kg de pescado per cápita al año. Para 2022, esa cifra había trepado a 19,6 kg, un incremento del 300%. Sin embargo, el consumo interno apenas creció en el mismo período, pasando de 4,1 a 7,1 kg per cápita. ¿Qué pasó con todo ese pescado excedente? Se exportó.

En 1961, Argentina producía un 20% más de lo que consumía. Hoy, produce 176% más de lo que consume. Esto significa que de cada kilogramo de pescado capturado en aguas argentinas aproximadamente dos tercios se destinan al mercado externo. Los principales destinos de las exportaciones pesqueras argentinas son España, China, Estados Unidos e Italia, países con alta demanda de productos del mar.

La pesca se consolidó como uno de los complejos exportadores más relevantes de la economía argentina. Especies como el langostino, la merluza y el calamar tienen alta demanda internacional y generan en torno a 2000 millones de dólares al año en exportaciones. 

Sin embargo, esta orientación exportadora también refleja la debilidad del mercado interno. A diferencia de lo que ocurre con la carne vacuna, donde el consumo local absorbe la mayor parte de la producción, en la pesca el destino es claramente el resto del mundo.